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28 abril 2015

MIECZYSLAW WEINBERG-Gidon Kremer/Kremerata Baltica




MIECZYSLAW WEINBERG
GIDON KREMER/KREMERATA BALTICA
La vida y obra de muchos creadores judíos quedó sepultada bajo el régimen soviético cuando no perecieron, tras sobrevivir a Hitler, con las purgas estalinistas. Avanzamos un artículo sobre las publicaciones en ECM New Series con este doble cedé que rescata del ostracismo la obra del compositor polaco.

Dos tendencias se mantenían en equilibrio inestable en Rusia hasta 1930. Eisenstein (cineasta) y Mossolov (músico) habían podido entregar, después de la Revolución de 1917, piezas en las que pervivía cierta vanguardia. Gustavs Klucis (pintor-diseñador de carteles) sorprendía con nuevas formas geométricas en el constructivismo. Incluso Henry Cowell, el compositor norteamericano, hizo una gira por Rusia en 1928 presentando los avances técnicos de clusters. Todo acabó con Stalin. Klusic terminó sus días pintando a los “grandes hermanos” del comunismo antes de ser “borrado” administrativamente del mapa.


El arte se debía al pueblo y a la propaganda, el bolchevismo cultural: nada de veleidades modernistas ni burguesas. Entre los “subversivos” Prokofiev, Mossolov o Kabalevsky, la mayor amenaza del sistema era el más grande compositor ruso del siglo XX, Dimitri Shostakovich (1906-1975), que sufrió en sus carnes la censura y la vigilancia, aunque se las arregló para soterradamente hacer avanzar el lenguaje sobre formas del pasado –una imposición política- a través de Bach. Weinberg fue amigo suyo toda su vida y quizá también permaneció a su sombra creativa.

Mieczyslaw Weinberg

Nacido en Varsovia en 1919, formado en Minks y Tashkent (Uzbekistán), único superviviente en su familia del exterminio en los campos de Polonia, huido, asentado y fallecido en Moscú en 1996, Mieczyslaw Weinberg sufrió la persecución nazi y el yugo comunista. El sello alemán ECM, poco dado a publicar autores judíos aunque  su catálogo sea un referente en la música tardo y post soviética, destapa en este disco doble -de amplio arco temporal- uno de los corpus musicales mejor guardados por la historia oficial comunista. Y lo hace  casi 50 años después de ser terminada su ópera “The Passenger” (1968) en el Festival de Bregenz. 

                      Weinberg con la señora y el señor Kondrachine

La época más productiva del autor se comprende entre las décadas de 1960-70, a ella pertenecen la Sonata nº3 (78) para violín solo, que abre el primer cedé, y la pieza con la que se cierra en el segundo, la Sinfonía nº10 (68). Son estas obras, vértices de esta publicación, piezas de gran exigencia virtuosística del solista y del conjunto. La primera de ellas para violín solo y con dedicatoria a su padre y madre, es tensa, aristada e hiriente en sus perfiles de tonalidad extrema, comparada en dificultad y expresividad con la sonata de Bela Bartók para violín. Mientras que la sinfonía, que comparte de manera más apaciguada esos ataques de explosión y acentos, tiene una dinámica más uniforme aunque su abigarrada morfología le ha hecho ser calificada como “Torre de Babel”.

Pero esta referencia recoge también obras de años de postguerra, entre 1948 y 50. Conviene no etiquetar a Weinberg en la escuela neoclásica o folclorista (ya que no cabe ni por asomo llamarla “nacionalista”) cuando tratamos este periodo. Pudiera ser cierto, en estas obras de cámara que mezcla una intensidad melódica tardoromántica con estructuras dinámicas de Stranvinsky (sobre todo la Sonatina op.46), y en color tímbrico a Debussy (Concertino op 42). 

En esa confluencia de estilos digamos “conservadores”, en medio de la férrea adoctrinación y vigilancia soviética que colocaba en listas negras a la creación “incómoda” con la orden del consejo de ministros de la URSS del 14 de febrero de 1949, Weinberg burla la censura y la apatía con estas piezas estilizadas e impregnadas de cierto códigos que la acercan a Scriabin o a su compatriota Szymanowski, yendo hacia atrás, pero también al folclore judío (tercer movimiento de la Sonatina) que ya pudo evidenciar en sus Six Yiddish Songs de 1944. Es en esas piezas de cámara como el Trío op. 48 para violín, viola y cello donde se da un estilo preñado de las obras para este formato de Alban Berg, que un solista como Gidon Kremer explota y conduce hacia el apasionamiento.


Lo cierto es que sin romper moldes estéticos ni pertenecer a escuela alguna, tonal o algo dodecafónico en sus piezas últimas, denso, complejo y cargado expresividad, desde su emigración interior, Weinberg se revela como uno de los secretos mejor guardados por la URSS.


CD 1                                                                                                     
Sonata No. 3 op. 126 (1979)                                     

Trio op. 48 (1950)                                           
Sonatina op. 46 (1949)

CD 2
Concertino op. 42 (1948)
Symphony No. 10 op. 98 (1968)


Grabado en noviembre de 2012 y julio de 2013

ECM New Series 2368-69, 2014



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