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20 abril 2015

ANOUAR BRAHEM- Paisajes mediterráneos desde la melancolía


ANOUAR BRAHEM

Paisajes mediterráneos desde la melancolía

El laúd árabe (ud) es el instrumento de toda una civilización cuya tradición se extiende desde su cuna en Persia hasta el Magreb. La revolución islámica lo propagaría por todo el norte de África hasta los confines de la civilización conocida, ya en las costas del Atlántico. Es la herramienta sobre la que la poesía sufí y la cultura islámica edificarían la rica música clásica árabe, donde los modos sofisticados perviven con la tradición oral y la improvisación. En su camino hacia Europa, introducido en la Península Ibérica, se le llamó laúd. Ziriab, músico cortesano del medievo, cuya admiración recala aún en la memoria, describió el relato de este instrumento a través de su particular odisea de un extremo a otro del Mediterráneo.

De Túnez a París

Procedente de Túnez -acaso un país que podría verse en la Europa más septentrional-, deudor de la escuela de ud más antigua del mundo árabe (Irán, Siria y Egipto), amante de otras disciplinas artísticas como el cine, el teatro y la danza, Anouar Brahem es uno de los músicos que mejor ha sabido integrar el legado islámico con otras fuentes culturales de la música europea (antigua, clásica y moderna) y la improvisación.

Su planteamiento estilístico conduce el arte musical árabe hacia nuevos rumbos alentados por una sensibilidad creadora que goza del refinamiento cortesano propio de su cultura potenciado por la cercanía de la música barroca italiana y francesa. En los años ochenta, tras escribir importantes páginas para el cine y el teatro tunecido, se trasladó a París compaginando su labor de director en el Ensemble Musical de Túnez. En la capital francesa su búsqueda de un estilo propio le condujo a un sonido compatible con el ideario del sello ECM, que ya había introducido en su catálogo una referencia aislada de oudista libanés Rabih-Abou Khalil (Nafas, 1988).






La Ruta de la seda y el Mediterráneo

En el catálogo de obras de Brahem para ECM podemos distinguir tres líneas argumentales. La primera de ellas está adscrita a la esencia cultural de la que procede y a todo el mapa que ha ido trazando esta civilización a través de este instrumento. Esto incluiría su debut en Barzakh (90), luego en Conte de l’incroyable amour (91), que le catapultó internacionalmente, y también Astrakan Café (2000), trabajo que reforzó su imagen renovadora de un legado que se extendía por la Ruta de la Seda desde Samarkanda. Se trata aquí de trabajos que cultivan y renuevan la tradición de la música clásica árabe entre sus más fieles acompañantes, Barbaros Erköse (muy presente siempre el clarinete en la música de Brahem, con tesituras turcas) y Lassad Hosni (percusiones del Magreb como bendir y darbouka), en la que la improvisación se ejerce dentro de los cánones de la tradición, época y lugares.


En segundo lugar, dentro de un sentido que va un poco más allá de la huella cultural arábiga para abrazar las experiencias que favorece el sello ECM con sus improvisadores, estarían Madar (94), primera puesta en contacto con con el siempre abierto paisajes de Oriente como Jan Garbarek, y, sobre todo, la joya de la corona que es Thimar (98), junto a los británicos John Surman y Dave Holland, como una de las mejores manifestaciones que se recuerdan en el encuentro entre mentalidades del jazz y el mundo musulmán. Se trata de exploraciones donde la improvisación del jazz y las melodías y cantos populares de la mediterranía islámica-sufí se unían sin fisuras ni descosidos para alimentar un diálogo sincero y enriquecedor a partes iguales.



Souvenance, su última entrega como disco doble y con la participación de cuarteto y orquesta de cuerdas sobre un núcleo formado por ud, clarinete, piano y bajo eléctrico, pertenece a una tercera vía de expresión asentada en el piano como instrumento armónico y una escritura más exuberante y descriptiva instrumentalmente que parece estar hecha para imágenes. El primer capítulo de esta vertiente  de música programática fue el pictórico Khomsa (95), instantáneas hechas sonidos que contenían algunos de los mejores nombres del jazz galo, entre ellos el imprescindible -desde entonces- François Couturier en el piano, ya instalado con todo su manto armónico y el trazo delicado y sensitivo que le dedica Brahem desde la escritura para Le Pas du Chat Noir (2002) y Le Voyaye de Sahar (05).

Souvenance tiene los antecedentes de esos dos discos y se enmarca en una creación ligada a composición orquestal para pantalla o espectáculos escénicos (colaboró con Costa Gavras y Maurice Béjart). Pero hay un elemento distintivo que se incorpora de su estimulante y despejado anímicamente The Astouding eyes of Rita (09): el bajo eléctrico de Björn Meyer en el mismo núcleo instrumental formado por ud, clarinete, piano y bajo. Funciona como latido, pulso, golpe que incita al movimiento a la melodía.


Como sucedía en Khomsa (se rescata de él el tema Nouvelle Vague), Souvenance es un largo poema dramático que glosa instantáneas de sonido, en este caso más alargadas en el tiempo que en aquél, envueltas en un dramatismo estático definido sobre una temática repetitiva (el Phillip Glass cinematográfico más cadencioso) como oleadas de melancolía y peso existencial frente al Mediterráneo. Un caminar algo monótono aunque lleno de policromía, que nos recuerda los extensos planos secuencias de Theo Angelopoulos.y las partituras que para él escribió Eleni Karaindrou.

Unos sonidos húmedos de respiración alargada y circular que parecen suspendidos en la unión cultural entre Asia, Europa y África.

  
Anouar Brahem
Souvenance - Music for oud, quartet and string orchestra 

Anouar Brahem oud, François Couturier piano, Klaus Gesing bass clarinet bajo, saxo soprano, Björn Meyer bajo
Orchestra della Svizzera italiana, Pietro Mianiti director

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