INICIO

17 diciembre 2012

FESTIVAL DE JAZZ DE LA RIVIERA MAYA 2012-crónica

Festival de Jazz de la Riviera Maya                                  






















 noviembre 2012-Playa del Carmen-México



Esta cita, que desde hace 10 ediciones viene sucediendo en una zona de atractivo incomparable para el ecoturismo, se ajusta a un modelo de festival bañado por el Caribe y visitado por el influyente vecino del norte. Durante tres jornadas, situadas en el puente del Día de Acción de Gracias, los ritmos latinos con presencia local y el jazz fusión, fórmulas habituales en su programa, dejaron un hueco inesperado al cuarteto de Wayne Shorter, que eclipsó a John Scofield y a todo lo demás

Un festival a orillas del Caribe sólo puede tener como escenario una playa de arena blanca y agua de color turquesa. Pese a ciertas dudas sobre su celebración que hicieron peligrar edición tan señalada, el festival de La Riviera Maya, acontecimiento cultural anual que se significa como principal baza de reclamo internacional (hay una feria de muestras tradicional maya llamada Festival de vida y muerte) acabó siendo un éxito de público. Este certamen supone un reclamo para el turismo de calidad pero se diría que antes incluso es un regalo para la población local (entrada gratuita) y una juventud que abarrotó día tras día la Playa Mamitas, donde se celebró. La organización calcula que unas 30.000 personas pasaron por allí entre concierto y concierto, tres citas por noche, con su cenit en la última jornada, justo cuando Wayne Shorter y su cuarteto se subían para ofrecer una música distinta a todo lo oído, música de gran belleza que parecía brotar desde distintos puntos del interior del grupo.

Empecemos pues por el final, ya que el calendario maya toca a su fin el próximo 21 de diciembre. No hay página que pasar en él tras ese día, pero en una región emergente como ésta ese contratiempo se ha resuelto editando uno nuevo y celebrando, los indígenas de la zona lo harán discretamente, esta fecha. Nos dicen que en realidad lo que los enigmáticos mayas querían anunciar (tengamos en cuenta que no conocían la escritura y eso dificulta la interpretación de su legado) no es el fin del mundo sino un nuevo comienzo, un renacer. Y uno, entonces, entiende que los mayas eran muy listos, ya que predijeron al menos una gran crisis, de la que si salimos no queda otra que pasar página...


Agua de cenote

La música de Wayne Shorter, él mismo como ideólogo que se explayó al respecto en la rueda de prensa previa, encaja perfectamente en ese bucle cosmogónico que explica una vida sin principios ni finales. Como figura metafórica representada por los cenotes, pozos de corrientes subterráneas que enseñan a la superficie sólo una pequeña parte de un todo conectado para los mayas con el inframundo y la fertilidad, la construcción musical que propone Shorter es un acuífero del que no deja de manar música nueva y transparente. Como sucede en el así llamado Río secreto, su música fluye en un movimiento estático, leve e imprevisible, que cubre oquedades y descubre galerías insospechadas. 



El saxofonista mantiene el mismo grupo de los últimos 10 años, aunque el batería le falle de vez en cuando, y cuando no es Jorge Rossy aquí fue Terri Lyne Carrington la que clonó la fibra percusiva de Brian Blade. El europeo-andalusí, afectado de escepticismo crónico, se preguntaba si había algo nuevo que decir de lo mucho que ya han dejado dicho. Mirando las paredes de esa gruta (descubierta no hace muchos años por un campesino que ahora vive ricamente en Cancún) se tiene otra percepción del tiempo. Shorter lo sabe, por eso deja que la música crezca con la paciencia con la que una gota de agua y un poco de calcio origina una estalactita. Al final, entre rumores de mar, arena y gente, esta música expansiva se abre paso, se hace escultura y detiene el tiempo.

¿Qué sucede cuando se asiste a una creación instantánea con los justos pilares para que suceda el milagro, con los precisos apuntes que rozan el silencio para alumbrar un nuevo comienzo. Qué se puede hacer cuando todo estalla en un punto cercano al quinteto de Miles y termina en un paraje ignoto. Cuando aquello de melodía (inmenso Danilo Perez), ritmo y verticalidad tímbrica se difuminan para hacerse uno? Los incisos de Shorter no son los de un saxofonista, no es un fraseo, no son apuntes, son destellos, pinceladas que dibujan un plano de percepción nuevo en la construcción de un boceto de cambios continuos. ¿Qué pudo ofrecer Scofield después de esto?


Una subida a la superficie del cenote, un paseo por una selva tupida y húmeda de música nueva y vieja, su particular visión del blues, el rock, el funky... Una visión soleada, tibia más que cálida. Continuando con símiles sobre la naturaleza, exuberante y arrebatadora como la de la Riviera Maya, el guitarrista y su grupo funcionan como manglares que se nutren de lo que sus raíces  (blues) le ofrecen, sumergidos en agua mitad dulce (funk), mitad salada (rock). La temperatura del mar siempre es agradable en el Caribe y su gradación salina baja, así es la música de John Scofield. Se mantiene a un grado o dos por encima o por debajo de lo que esperas pero no resulta difícil entrar en ella. Un poco de oleaje a veces, algún pelícano de vuelo rasante que te pasa por encima justo cuando te distraes, pero sabes que son aguas seguras. Hermosas, pero sin el misterio de los cenotes.

Scofield dio un repaso a temas de su carrera desde los 90, justo cuando de verdad empezó a sobresalir en cuarteto, entonces de saxofón (Lovano) y con músicos como Bill Stewart, que sigue a su lado. Vino a presentar alguna composición nueva mientras espera colaborar en San Francisco, anunció en rueda de prensa, con Greateful Dead y participar en un próximo festival dedicado a Jimi Hendrix. Se hace evidente en este grupo, a un nivel rítmico menos contagioso en el groove, la experiencia compartida con Medeski, Martin & Wood, de ahí una configuración que incorpora teclados y piano (su discípulo Michael Eckroth), bajo (Scott Colley) y batería. Los momentos más atractivos fueron los emparejamientos que tuvieron como protagonistas a teclado y guitarra, donde Scofield parecía sentirse más cómodo.

Norteños y latinos

Todo lo que hubo antes de esta última jornada por la que hemos empezado se ciñó a lo establecido por los criterios de programación de este festival, que como decíamos se centra en el jazz fusión (funky, soul, étnico) y jazz latino tirando a salsa. Las incursiones en el folk mexicano tuvieron el curioso contraste electroacústico, entre beats (Ipads) y melodías populares interpretadas con instrumentos típicos (acordeón, trompeta y tuba) de los norteños -como apunta su nombre- Nortec

El grupo local Aguamala, habitual en este ciclo, entre cuyos miembros se encuentra el director artístico del festival, presentó su nuevo trabajo en la línea jazz-rock de temas largos y bastante leídos, con cambios de tiempos y sonido mixto acústico-eléctrico, a medio camino entre Yellowjackets (que ya pasaron por aquí) y la Chick Corea Electric Band. Más sobre el jazz fusión de los 80 funcionalmente aunque en deuda con el sonido del Miles eléctrico con inquietudes étnicas. Buen trabajo de compenetración de conjunto y una escritura ambiciosa que pretende unir la canción tradicional, Cielito lindo, con la improvisación por secciones y la proverbial mixtura de rock con ribetes localistas y tejidos selváticos.


Otro apartado estético que no puede faltar es el jazz latino. Y digo latino y no afrocubano porque, estando como están frente a Cuba (bueno, es Cuzumel la isla que está a 18 km), el estilo que impera en este festival tiene más que ver con la tercera isla del Caribe, como la llamó Cabrera Infante, que es Manhattan. Aunque para este cronista la mejor y más auténtica manifestación de música regional, puro capricho antropológico, lo pudimos escuchar en un muy recomendable Aguachiles de Playa del Carmen (Xamán-Há para los mayas), local popular así llamado por el nombre del plato frío de pescado, a modo de ensalada macerada con limón, donde había dos músicos del norte del Yucatán (creo recordar que de Mérida). Eran músicos mayores cantando, acompañados de guitarra y maracas, los que nos deleitaron con unas tonadas que tenían sabor de bolero mexicano y a la vez de guajira-son. Algo único, como el gusto que deja la piña al mezclarla con el chile habanero molido.





Los dos grandes nombres latinos, con formaciones de mediano tamaño, fueron Pete Escovedo y Poncho Sánchez. El primero, también timbalero, toma el testigo de Tito Puente y sus ritmos calientes con el empuje de la sección de metales. El público se lo pasó en grande. Pero el congero Poncho Sánchez fue un poco más allá, acercándose tanto al sonido de Santana (su guitarrista tuvo una presencia destacada) como al del maestro Ray Barretto y a un sonido orgánico que aglutina el músculo del jazz con la polirritmia afrocubana. Afroblue fue el tema de la noche, y de días siguientes para algún que otro periodista...













El jazz fusión y otros misterios

Muyil es un parque arqueológico maya muy antiguo y se diría que, debido a su dimensión, más discreto y secreto que los grandes centros de Chichén Itzá, Tulum o Cobá. Allí pude comprobar de nuevo lo listos que eran los mayas. Serían un pueblo misterioso, pero alguno de sus misterios tenían truco. Por ejemplo, hacían pasadizos ocultos que llegaban hasta las pirámides para crear un golpe de efecto, un acto de revelación, durante sus ceremonias religiosas. En medio de un rito en el que se invocaba al cielo y no está muy claro si se sacrificaba siempre a alguien, esta maniobra ilusionista debía de ser algo realmente impactante para el pueblo incauto... Y así durante siglos. No contentos con ello - la religión siempre pegada a la política y ésta al comercio- en Muyil abrieron unos canales de salida al mar desde la costa que cruzaban varias lagunas de agua dulce (lo que conforma la Reserva de la Biosfera de Sian Ka`an) antes de llegar al Caribe: muy recomendable la experiencia de recorrerlas a nado arrastrados por la suave corriente.



Así que en Muyil tenemos dos tipos de pasajes o pasadizos, uno de misterio y otro comercial. El de misterio, casi un túnel en el tiempo, fue en el que viajo Level 42 para llegar hasta el escenario... El grupo británico de la new wave pre-acid jazz nos legó dos hits y luego jamás se supo. Empezaron con esos dos temas para revelarse y después... Este apartado de jazz fusión con tendencia al funk, que recoge el programa en cada edición, no necesita de canales como los de Muyil sino de puentes aéreos. 

Este año la fórmula la lideraba Victor Wooten, que traía a su hermano y a dos bajos, saxo tenor, teclados y batería. Wooten ocupa en el cartel el lugar que antes fue de Marcus Miller, Stanley Clark y Richard Bona, bajistas que hacen música virtuosística aunque poco virtuosa, por más que hagan acopio de espiritualidad global, a tenor de lo dicho por el colaborador de Bela Fleck ante la prensa. Por su viaje reciente a África puso a Fleck de ejemplo al que seguir para sus próximos proyectos, alabando su capacidad para reunir músicas de distintos continentes a través de un instrumento tan “localizado” como el banjo. Llevar esta ambición al suyo se cobró víctimas como Naima y Sex Machine.  




En la rivera del festival

En nuestra vuelta al principio llegamos hasta la Big Band de Joe D`Tienne, que fue la que abrió el certamen ocupando el nuevo y flamante escenario de este año. Parece ser que, despejadas las dudas sobre la celebración de esta décima edición, la organización contó con mayores recursos que en años anteriores. Esto se evidenció en el incremento (x3) de las dimensiones físicas, acústicas y lumínicas del escenario en Playa Mamitas. Esta big band, formada por músicos mexicanos y norteamericanos, sirviendo de símbolo de los vínculos jazzísticos entre este pueblo y los vecinos del norte, ocupó dicho escenario con el tono clásico habitual que tan buen sabor de boca (cual margarita) deja como aperitivo. Fernando Toussaint, hiperactivo y locuaz maestro de ceremonias, director artístico, músico y agitador de masas, clamó desde el micrófono por una nueva edición, la número 11, la noche de despedida. Esta actitud me recordó lo que esa misma mañana había dejado dicho Wayne Shorter en una de sus largas peroratas: "necesitamos una oposición, una resistencia para provocar movimiento".

La Riviera Maya es la joya de la corona de un país con 50 millones de pobres que acaba de encontrar una enorme bolsa de petróleo en Tabasco, concepto, el crudo, por el que su balanza comercial ingresa el mayor número de divisas. La otra, el turismo internacional y también el de interior, tienen en este festival un atractivo cultural extra al propio de la naturaleza y los abundantes y acomodados resorts. Este encuentro con el jazz, según se entiende en sus carteles, es un escaparate que difícilmente puede sustraerse al enfoque de estrellas estadounidenses y vistas al Caribe. Claro que con presupuestos así y un entorno tan envidiable, siempre se podrían introducir elementos nuevos en la oferta.
















                                                                      

Más allá...

...del turismo está la selva y la vida real. El componente espiritual y telúrico de las pirámides de Cobá y Tulum, vestigios de una civilización tragada por la vegetación durante siglos, llegó de la mano de Wayne Shorter. Hay misterio en una música en proceso de crecimiento permanente, como la hay en la naturaleza o en el discurrir del agua y de una cultura que presagió el fin del mundo y no supo ver el suyo. El fluido elemento recorre el interior de Yucatán a lo largo de kilómetros y kilómetros de ríos y galerías subterráneas que se formaron con la caída del gran meteorito que acabó con los dinosaurios, otro cataclismo que no podrían haber sospechado los aborígenes de la zona. Al menos científicamente. El fondo marino emergió y el coral se hundió, y ahora decora las cavidades de Río Secreto y de otros cenotes.

Olas desafiantes yacen al llegar a la hermosa cala que hay a los pies de ese bastión indígena que fue Tulum hasta finales del siglo XIX. Allí, palmeras desafían a la gravedad para construir la imagen perfecta de playa tropical. Y uno piensa que sólo la naturaleza es la que sigue manteniendo el contacto con los ancestros y sus enigmas. Hoy como ayer.



Texto: Jesús Gonzalo

Fotos paisajes: Cristina Esperanza
Fotos festival: Fernando Aceves
Enlace radio: Ramón Villeró

Reportaje radiofónico Riviera Maya en Onda Cero: Gente Viajera minuto 90 (aprox), con Ramón Villeró y Javier Aranda, Director Regional de México para Europa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario