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16 mayo 2012

LIBROS-Conversaciones con Glenn Gould, Jonathan Scott


Conversaciones con Glenn Gould
Jonathan Scott
Global Rhythm Press
Hace bien poco se podía ver un nuevo documental sobre Glenn Gould (1932-1982) en la televisión pública española. Uno más. Una seguidora rusa decía: “oírle tocar el piano es como oír una oración”. Pocos músicos han alcanzado el prestigio como intérpretes de la manera en que lo ha hecho el pianista canadiense. La excentricidad de su carácter, subrayada no sólo por su perfil de niño prodigio y genio adulto, o del músico-filósofo, sino por un profuso mediatismo contradice su introversión.

 Su obsesión por el control y ese hermetismo servían para realizar una exposición idealizada y distinta, con un gusto por las cadencias lentas “que te imponen hacer una música mucho más matizada”, de sus autores clásicos preferidos, de Bach a Beethoven, “el último compositor del romanticismo, o el primer Schönberg, Richard Strauss y el último Wagner”, entre otros músicos del barroco.

Esta  recopilación de conversaciones entre el periodista del Washinton Post y de Rolling Stone, puesta sobre el papel, como dice el traductor Ferran Esteve “sin marcas de oralidad”, es doblemente esclarecedora por su mensaje crítico y descriptivo. Se divide, como las conversaciones, en dos partes. En la primera, además de lo señalado, se habla del instrumento, de su importancia y singularidad: “me gustan los que tienen los mecanismos suaves”. 

De la silla, de la posición con la nariz en el teclado -Bill Evans-, de su canturreo -Keith Jarrett-, del que dice, “si no lo hiciera, mi manera de tocar se vería inmediatamente afectada”. Nos explica la importancia del bajo continuo y la usurpación de esta función por el director de orquesta. Nos habla tan bien de Mozart como de los Beatles: “no ha sido fácil pero he conseguido no recordar ninguna de sus letras, enterradas entre montañas de basura instrumental”.

En la segunda, con ese verbo riguroso y exquisito del intelectual que fue, explica su pasión por la radio como “medio introspectivo que es”, cuestión que se relaciona con su temprano abandono de los escenarios con 32 años y su decisión de entregarse al estudio de grabación como único vehículo de comunicación entre el público y su obra. De la tecnología vaticina en los 70 algo como esto: “el falsificador es el hacedor de la cultura electrónica”. 

Habla de humor, “no fui capaz de hacer un texto humorístico hasta que no me refugié en un seudónimo”, para lo que se sirvió de pelucas, habría que añadir. Cita a Art Tatum para llegar a Scriabin en el manejo que hizo de los micrófonos en las grabaciones, y dice de Lennie Tristano: “intenté denodadamente buscar su profundidad, pero no hubo manera”. El libro termina con una precisa y perfectamente narrada anécdota, sin que falte detalle, con el histórico director George Szell. 

Un ameno y muy útil testimonio que sirve tanto para entender su personalidad artística como su compleja personalidad.




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