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15 abril 2012

ASTOR PIAZZOLLA- El Tango insatisfecho



 ASTOR PIAZZOLLA
                              EL TANGO INSATISFECHO

Hasta que él llegó, el tango era un arte popular (mitad canción, mitad baile) de origen callejero, una mezcla latinoamericana indefinible traída por corrientes humanas de aquí y de allá.  Los criollos venían desde las provincias del interior, por mar llegaron los aromas de las habaneras cubanas, el bandoneón llega a Buenos Aires en 1890 desde Alemania (inventado por Heinrich Band en 1854) y también en esa época llegaban las influencias cultas italianas y francesas. Gardel, bisagra entre el siglo XIX y el XX, entre la cultura oral de la radio y la visual del cine, lo extendió desde su origen a todo el mundo. La esencia del tango como folclore popular cantado tiene esa clara demarcación enfática, entre la rigidez rítmica y la libertad melódica. Música de arrabal, Buenos Aires era, en las dos primeras décadas del siglo XX, el Nueva York de Latinoamérica. El bandoneón se extendió en esa época por toda Argentina gracias a Juan Maglio y Vicente Greco, entre otros. 

Buenos Aires

Ya en los años 30, las emisoras lo radiaban veinticuatro horas al día. Su difusión le haría expandirse por toda América, incluso a Rusia, gracias, como decíamos, a la radio, al cine y, por supuesto, a Gardel. En los 40, en plena etapa formativa de Piazzolla, el tango viviría uno de sus mejores momentos con las orquestas de Anibal Troilo, Osvaldo Pugliese, Francini-Pontier y Alfredo Gobbi. A finales los 50, cuando el tango se extinguía en su propia ortodoxia (fórmula baile-canción), Piazzolla, apostando por el rigor instrumental, hizo posible una revolución que lo traería hasta el siglo XXI. Hoy su música se escucha en los cines, se interpreta en las salas de concierto y forma parte del repertorio de las compañías de danza de todo el mundo.

  Nueva York

11 de marzo de 1921, a cuatrocientos kilómetros de la capital...“Nací en Mar del Plata, me crié en Nueva York, encontré mi camino en París, pero cada vez que subo a un escenario la gente sabe que voy a tocar música muy argentina, la de Buenos Aires”. Piazzolla resume, con las palabras justas, las claves que han marcado vida y obra. Su acercamiento al tango fue atípico desde el principio, por ello su infancia y formación cobran especial interés y sentido en la trayectoria vital y creativa, ambas tan íntimamente ligadas como su apellido a la procedencia italiana de sus padres (Puglia y Toscana). En las dos veces que vivió en Nueva York, con el billete de ida y vuelta del inmigrante, Piazzolla se deja seducir por un entorno estimulante donde descubre la música. Las primeras notas que captaron su interés procedían del piano de un vecino que a la postre sería su primer profesor, el húngaro Béla Wilda (hacia 1933). Bach y Mozart sonarían antes que cualquier otra música en el bandoneón que le regaló su padre a los seis años: “lo trajo envuelto en una caja, y yo me alegré; creía que eran los patines que le había pedido tantas veces…”. 


El pibe Piazzolla

El tango era la música que amaba y añoraba Vicente “Nonino” Piazzolla, una persona “de buena cultura musical” que además hacía sus pinitos escribiendo algunos tangos. Su padre quería que su hijo hiciera sonar el eco de nostalgia de la tierra dejada atrás. Piazzolla es un caso extraordinario de autodidactismo, puesto que en su aprendizaje como bandoneonista no tuvo referencias directas. Pese a ello, en 1934 conoció a Gardel poco antes del fatídico accidente aéreo del cantante. Participó en su película El día que me quieras (la última es de 1935) y, sin gran entusiasmo, poco a poco, desde su Pequeña Italia neoyorquina, mezclado con otras músicas como el jazz, ese bandoneón huérfano de imitación hizo sonar su fuelle argentino con un acento tan particular como cuando hablaba español.

En los años 40, cumplidos los 18 y de vuelta en Buenos Aires, entra a formar parte de una de las orquestas más famosas de la época, la de Anibal Troilo (Adiós muchachos, El motivo), donde aprende el oficio del tango de raíz curtiendo su adolescencia en los ambientes nocturnos. Se dice de la música de Piazzolla que es una mezcla genuina y única entre Gardel y Ginastera, y es muy posible que esta confrontación de estilos, sin rigidez formal entre lo popular y lo académico, sea no por sucinta la más clarificadora. 


El genio inconformista de Piazzolla siempre quiso saber más, así que buscó a Alberto Ginastera hasta conseguir su docencia. Sería el primer alumno del compositor argentino, autor inscrito en un nacionalismo tardío fuera de Europa. Con él estudió armonía y orquestación. Más tarde, en París, encontraría su personalidad como compositor con Nadia Boulanger (profesora, entre otros músicos trascendentales, de Aaron Copland, Philip Glass y Egberto Gismonti), quien le anima (como al brasileño dos décadas más tarde) a descubrirse en su instrumento y en su cultura. En aquella época de inspiración y búsqueda estudiaba, sobre todo, a Béla Bartók (acaso el más célebre compositor e ideólogo del siglo en ensamblar los ritmos y las melodías de raíz popular centroeuropea dentro de una sólida estructura armónica basada en la tradición tonal) y a Stravinsky. También se impregnó de Gershwin y los músicos de jazz, ya que la improvisación es un elemento que usaba no sobre las partituras sino en su interpretación al bandoneón.


   El primer quinteto

Los años 50 fueron duros. Se casa con Dedé Wolf y tiene dos hijos (Diana y Daniel), pero, como antes su padre hiciera, se ve obligado a emigrar a Nueva York. El 13 de octubre de 1959 muere Vicente “Nonino” Piazzolla. Entre el 20 y 25 del mismo mes, desde el dolor más silencioso, Piazzolla escribe su más célebre pieza: Adiós Nonino

Borges y Piazzolla

Este tema, que cuenta con más de veinte arreglos distintos, anuncia los años 60, los de mayor altura creativa en calidad y producción: La camorra I, Buenos Aires hora 0, Milonga del ángel, El tango -1965, sobrecogedor relato musical realizado en colaboración con Borges que cuenta con el recitado rotundo y acerado de Luis Medina Castro y el cantante Edmundo Rivero-, para cerrar dicha década con el ciclo de Las estaciones porteñas. “Sonaba como si en el escenario hubiera veinte músicos”. En este periodo funda el Quinteto como esquema instrumental (piano, bandoneón, violín, guitarra y contrabajo) en el que se sustentaba este repertorio fundamental (primera formación: Jaime Gosis, Simón Bajour, Horacio Malvicino, Kicho Díaz. Segunda formación: Pablo Ziegler, Fernando Suárez Paz, Héctor Console, Oscar López Ruiz). Esta década sería el paradigma expresivo de las excelencias musicales del compositor: la construcción del Nuevo Tango. El poeta Horacio Ferrer, pese a la renombrada colaboración con Borges (en la imagen), fue el poeta que más se asoció con su música gracias a temas como María de Buenos Aires, Balada para un loco o Chiquilín de Bachín.
  

En los 70, con temporadas viviendo en Roma y París, empieza de cero tras un primer infarto. En estos años, además de incrementar su escritura para cine, indaga nuevos formatos instrumentales inspirados en la escena jazz-rock de timbres electrónicos: “Acepto y reconozco la influencia de Chick Corea”, afirmó a este respecto. Pero también consideró que algunas de aquellas fórmulas, como el Octeto Electrónico, “fueron un paso en falso”: los franceses, “que conocen muy bien mi obra”, me lo hicieron ver. Recientemente hemos visto la materialización de su visionario intento a través de grupos como el Gotan Project o Tango Crash y otros de rock argentinos (“Regalé los arreglos de 500 motivaciones a dos jóvenes músicos del grupo Buenos Aires”). En esta época escribe Tristezas de un doble A, pieza fundamental en su repertorio, y graba Tango Nuevo con Gerry Mulligan, trabajo que sería uno de sus discos favoritos de todos los tiempos. Ya en los ochenta (“los mejores diez años de mi vida”), alcanzó el reconocimiento mundial: “creció la difusión de mis discos en todo el mundo y a la vez pude desarrollar una obra erudita, con perdón de la palabra”. 

Todo lo que consiguió en la vida le costó: convencer en su propia tierra (los tangueros tradicionales por pervertir el mensaje popular de un género situado entre el baile y la canción), a la academia (por elevar a erudito un discurso de raíces mestizas) e incluso morirse (la vida lúcida se le extinguió el 4 de agosto de 1990, quedando en estado de coma durante dos años). Decía de sí mismo que había heredado el humor de su padre y el carácter duro de su madre.  De temperamento difícil y abrupto, era una persona, dicen sus mujeres, tierna y sensible, polémico e íntegro, enérgico y melancólico, apasionado como su música. 



Su presencia en los más prestigiosos escenarios del mundo le sitúan entre los más grandes compositores americanos (de norte a sur) del siglo XX, entre los George Gershwin, Aaron Copland, Silvestre Revueltas, Heitor Villa-Lobos o su maestro, Alberto Ginastera. Todos ellos partieron de una identidad cultural propia para construir un lenguaje culto y popular a la vez. Piazzolla poseía el carácter, la energía y la fe necesarios para crear y vivir en una música que respira esencias de eternidad.


Testimonios extraídos de Astor Piazzolla, Memorias, de Natalio Gorín (Alba Editorial).







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