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15 enero 2012

CINE-DRIVE (2011)

Lo que el silencio esconde 

La acción se sitúa en el presente. El tiempo pasa rápido en un reloj de aguja, algo no demasiado exacto para quien se gana y juega la vida en un lapso de tiempo de 5 minutos. Eso es lo que esperaré, ni un minuto antes ni un minuto después del trabajo, dice el protagonista a sus clientes. ¿A qué se dedica? Conduce...
                                                                           

La historia de esta película del director danés Nicolas Winding Refn -cineasta de 40 años afincado desde hace décadas en los EEUU, que no ha olvidado el uso del tiempo de maestros de su tierra como Dreyer y tampoco la intensidad narrativa de Scorsese- no es demasiado original. Ni por supuesto la construcción del perfil del protagonista, y se diría incluso que pasa eso mismo con los personajes secundarios. Ahora bien, la forma de contarlo sí que lo es, y la forma, en el medio en el que nos movemos y tras al revolución que nos trajo Steve Jobs, podría serlo todo cuando unifica el criterio expresivo desde el fotograma más básico.

El comienzo de la película es todo un ejercicio de precisión en donde silencios y velocidad, acaso los dos elementos primordiales sobre los que se asienta el discurso narrativo y visual, sirven para dar el resultado que se espera de la suma de estatismo y acción: suspense.

El protagonista que interpreta Ryan Gosling es un tipo inexpresivo, de pocas y justas palabras. Tiene siempre en su cara una especie de media sonrisa a lo Gioconda que confunde y relaja la incomodidad e inquietud que pudiera provocar su presencia. Ayuda a fijar ese gesto, que nada nos dice o acaso sea una distracción, el hecho que tenga la costumbre de usar un mondadientes (¿para templar los nervios?). Este conductor no tiene nombre, ni pasado ni posiblemente futuro. Como los pistoleros en los westerns, que aparecen como de la nada intentando pasar desapercibidos, las circunstancias le acaban absorbiendo. En el fondo, esa frialdad es un frágil muro que no impide filtraciones emotivas, basta una razón. O dos: una mujer, Irene (Carey Mulligan), y su hijo, Benicio (Kaden Leos). El Jinete Pálido de Clint Eastwood también se veía abocado a "desfacer" entuertos pese a su firme voluntad de no injerencia en asuntos ajenos.

Pero la soledad y la economía de gestos de Ryan Gosling e incluso la austeridad de su propia vida (vive en un cuarto oscuro sin muebles y apenas luz) tiene más que ver con el personaje y la historia de persecución en la que se desenvuelve el personaje de Alain Delon en Le Samourai, de Jean-Pierre Melville, que con el arquetipo de héroe-villano del western. Más cerca de la figura errante y justiciera del ronin abandonado por su amo -si alguna vez lo tuvo- y de ahí al cine de yakuzas, pues está la amenaza de la mafia.
                         
Alain Delon en Le Samouraï (1967)

Hablábamos de la forma al principio, y a ella hay que referirse en un muy conseguido tratamiento estético que va de los títulos de crédito al color e incluso a cierto desfase en el mobiliario que remite a la década de los 80. La música, principalmente electrónica (apoyando rítmicamente la creación de tensión al principio), también rescata modos y estilos de esa época. Por ejemplo esos interludios planeadores de sonido ambient (a lo Brian Eno) que  subrayan espacios de una incierta calma. También por el uso de la cámara lenta, aquí en fuerte contraste con la acción siguiente, congelando el instante en un detalle que se suma a la precisión de todo el film.

La protección es la causa. La violencia la consecuencia. Una película en la que el tiempo parece quedar en suspenso desde la primera imagen.

Trailer que recoge el inicio de la película. 
Hay otros pero desvelan la trama más de lo necesario

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